Antes que nada: He querido hacer algo diferente esta vez: presentarles una situación en la que muchos probablemente estemos involucrados de una u otra forma y por ello el título de este post, el cual formará parte de una pequeña historia que decidí dividirla en las partes que crea conveniente, cada una de ella propondrá la perspectiva de cada uno de los implicados. Como suelen decir algunos autores para no echar a sus patas, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia...
Juan intentó levantarse de la cama, y al hacerlo, terminó con el sueño de Irma (la cabeza de ella descansaba sobre el brazo de él). Sorry! -alcanzó a decir Juan; Ya fue, ¿a qué hora es?- preguntó Irma. Juan, sin poder sacar la hora con sólo ver la ventana, tuvo que levantarse por completo para ver su reloj: ¡Chucha, ya son las siete! ¿No que tenías que estar en el terminal a las 8? -preguntó Juan entre incómodo y preocupado; No, a esa hora tenía que encontrarme con mis papás; el bus sale todavía al mediodía... o algo así, no sé, ya no te preocupes –contestó Irma muy suelta de huesos mientras, sin despegar la mirada de Juan, acomodaba de nuevo su almohada y se disponía a continuar con la siesta. Aún así ¿ahora que va a decir tu vieja?" -preguntó Juan ahora con el tono de su voz como si de un hermano mayor se tratara. Irma, con la frescura que le dan sus 19 años le contesta a Juan: Me importa poco lo que me vaya a decir ella, además el floro era que me quedaba en casa de Paola después del tono y ya ella sabe que yo estoy allá –mientras una sonrisa cómplice se dibujaba en el rostro casi infantil de Irma. Juan, por el contrario, en lugar de tranquilizarse por su respuesta, le inquirió el hecho a Irma: Aguanta el coche, ahora encima se supone que Paola sabe… de esto? –se le notaba bastante preocupado. Irma, que no hacía más que juguetear con la almohada, aún echada en la cama le respondió son voz aún somnolienta: Mira, a ella le meto otro floro... Paola no es problema además que es mi amiga y cuando se entere sabrá apoyarme.... ¿Sabes qué? ¡ya vístete! nos vamos, vámonos de una vez...- dijo Juan como quien dando por zanjada aquella, para él poco agradable, conversación. Irma aún no terminaba de despertarse y, asumiendo por cómo tomó las últimas palabras de Juan antes de entrar a la ducha (se volvió a cubrir con las sábanas), poco le importaba.
Ambos caminaron un poco, a sugerencia de Juan, antes de tomar la combi que los llevaría por la casa que Irma tenía con su mamá cuando estaban en Lima. La indiferencia entre ambos era bastante notoria, aunque ella lo tomaba más natural. Ninguno dijo palabra alguna durante los 45 minutos que estuvieron juntos en aquel viaje, Juan aún pensaba inquieto en lo que había hecho; no terminaba de digerir que había tenido una noche de sexo con una chibola de 19 años (casi 11 años menor que él). Una avalancha de pensamientos rondaban la cabeza de Juan sin que éste pudiera hacer algo para evitarlos, por un lado estaba el celebrar su hazaña (y es que a su edad, tirarse a una chibola, siempre tiene un cierto mérito entre la comunidad masculina); mientras que por la otra, se cagaba de miedo en que aquello no sea más que un refuerzo a la idea (aunque vaga quizás) que sugería una remota relación a la larga entre ellos. Él, de plano, no quería nada y eso creyó dejarlo bien en claro a Irma cuando ella le preguntó (instantes antes de salir de la habitación del hotel): "¿y de aquí qué sigue? –a lo que Juan, respondió con un seco: "nada" -agregando casi de inmediato- "si antes de esto no había nada, ¿por qué habría de haberlo ahora?". Después de ello, era más que comprensible la indiferencia mostrada por ambos en todo el trayecto en la combi camino a casa de Irma.
Una vez llegado el momento en que Irma tenía que bajar del bus, Juan sólo atinó a despedirse con un: "bueno, chau cuídate" en aquel cruce de la Javier Prado con San Luis ya que a él aún le esperaba cerca de media hora más de camino para llegar a su departamento de soltero por la avenida Constructores en Ate. Juan no quería voltear del todo a ver como Irma se alejaba –aunque con el rabo del ojo podía ver como cruzaba la calle; no quería que ella lo sorprenda mirándola, no quería que ella piense que él la estaba extrañando, no quería que ella alimente alguna remota esperanza sobre estar; Juan no quería, porque así lo había decidido, absolutamente nada con Irma. Lo que pasó aquella madrugada en aquel hotel; sólo ahí deberá permanecer. Durante el camino restante, imágenes de Sara se mezclaban con fragmentos de recuerdos, aún frescos, de lo sucedido aquella noche con Irma. Juan optó por cerrar los ojos e intentar dormir el trayecto que le quedaba, aunque en verdad no quería que lo vean como un friki mirando fijamente a la nada con los ojos yendo de un lado a otro evocando imágenes como loco; su cabeza le estaba jugando una mala pasada y él sólo quería llegar a casa para dormir y así, esperaba, olvidarse de todo aunque sea sólo por un rato...
Aquel domingo por la tarde Juan se despertó sin ganas de levantarse de la cama, boca arriba se puso a pensar nuevamente en Sara: pensar que esa huevona me dijo que no por estar con ese imbécil! -se dijo aún con bronca, y es que él aún no concebía la idea que la chica por la que él fácilmente hubiera apostado su vida lo dejara con un tipo que, para él, merecía todo su desprecio. Sara llegó a la vida de Juan por la puerta grande; ninguna mujer antes había causado en él el impacto que había tenido en tan poquísimo tiempo de conocerla. En casi un mes de verla seguido, Juan había quedado prendido tanto de su belleza como de la sencillez que demostraba en cada una de sus acciones, sin contar que le parecía sumamente inteligente y le encantaba pasar con ella horas de horas conversando por el chat. Juan sentía una conexión única, instantánea y mágica entre ambos... o al menos así le parecía.
Juan tiene un pequeño gran defecto: es de aquellas personas que suele ilusionarse muy pronto. Él no es de esperar respuesta, ni siquiera es capaz de preguntar, cuando cree que existe aquella conexión, simplemente deja volar su imaginación y se proyecta hasta el infinito. Juan es capaz, y lo sé porque lo conozco bastante, de proyectarse escenas de su propia vida cuando viejo con alguna chica que le guste, incluso (y quizás por ahí sea que el defecto devenga en problema) se basa en esas proyecciones para decidirse a estar con una chica. Con Sara pasaba que sea la imagen que fuera que se proyectara, en todas se veía bien, viviendo una vejez digna de "...y vivieron felices por siempre". A Juan poco le importaba el hijo de casi 6 años que ya tenía Sara de una relación anterior; estaba dispuesto a ir contra todo por estar con ella, incluso de retar a su abuela, que pecaba de cucufatería al pretender que su único nieto, al que crió desde niño, se case con una chica de su casa, hija de médicos o abogados y que llegue (como debe serlo) virgen al altar. Como verán, Sara no cuadraba en ningún patrón del que pudiera pensar la abuela y eso a Juan lo tenía sin cuidado, él sentía que la quería y que ello sería suficiente para ser feliz; sólo que ella estaba interesada en alguien más.
Tirado en la cama, pensamientos punzocortantes cruzaban la cabeza de Juan, y hacían que su corazón se estrujara como hacía mucho no había sentido. Se maldecía una y otra vez cuando aquel domingo en la tarde, de más o menos 2 meses atrás, estaba totalmente dispuesto a decirle a Sara que ella era aquella mujer por la que había estado esperando desde hace mucho, que ninguno de sus intentos fallidos de relación siquiera se le asomaban; era capaz de contarle incluso sus proyecciones visiones sobre la vida que llevarían juntos cuando lleguen a viejos, el número de hijos que había soñado y hasta los nietos que se imaginó mimar.
Volviendo a lo de Sara, después de su negativa, aquel domingo de hace casi ya 2 meses, se fue a su casa masticando su bronca y jurándose nunca más volverse a enamorar; convertirse en un desalmado (pues pensó que aquella mujer lo había dejado sin alma), un ser sin sentimientos ni corazón; se había propuesto –en una de esas promesas de borrachera- aprovecharse de cuanta mujer había en su camino si las circunstancias se presentaban favorables, pues tampoco quería forzar nada (no tenía ganas ya de enamorar a alguna otra chica). Sin embargo, en el fondo, Juan era un reverendo maricón, le dolía tanto lo de Sara que no quería saber nada con nadie pero en el fondo no sería capaz de destrozar el corazón de alguien; para él, sería mejor si ninguna mujer se le cruzaba en el camino y lo dejaban solo lamentando su mala suerte. Todo iba según el “verdadero” plan de Juan, o al menos eso creía hasta antes de encontrarse con Irma, la semana siguiente al incidente con Sara.
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